"Elogio de la traición", una alegoría de nuestros días

Denis Jeambar e Ives Roucaute publicaron, en 1988, un ensayo titulado "Elogio a la traición. Sobre el arte de gobernar por medio de la negación". Los autores, en una suerte de relectura de "El príncipe", obra cumbre de Nicolás Maquiavelo, afirman: "No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos".

Algo similar había dicho Maquiavelo, en 1532: "Todos comprenden que es muy loable que un príncipe cumpla su palabra y viva con integridad, sin trampas ni engaños. No obstante, la experiencia de nuestra época demuestra que los príncipes que han hecho grandes cosas no se han esforzado en cumplir su palabra".

Escrito luego de haber sido apresado acusado de traidor cuando retorna la Casa Medici al frente de la República Florentina; Maquiavelo pasaría a la historia por esta publicación y su nombre se convertiría -de manera incorrecta e injusta me parece-, en un sinónimo de "tortuosidad política exenta de principios morales y éticos".

En lo personal, me sorprende que hable de "la experiencia de nuestra época" cuando lo hace desde las primeras décadas del siglo XVI, y me pregunto qué opinaría Maquiavelo del accionar político actual; casi global. Y me pregunto qué pensaría del ensayo de Jeambar y Roucante que consideran a la traición como una parte esencial de la dinámica republicana de nuestros días, entronizándola por encima de cualquier otro valor o principio. Me cuesta estar cien por ciento de acuerdo.

"París bien vale una misa"

Para los autores la traición es uno de los grandes motores de la historia y la consideran como un medio efectivo de evitar regresiones y de consolidar poder. El ensayo discurre por el racconto de grandes traiciones y traidores hoy famosos y las grandes disrupciones históricas que sus cismas produjeron. Me quiero detener en dos de ellas.

La primera, la de Enrique el Bearnés, futuro Enrique IV rey de Francia y Navarra. Bautizado en la fe católica en 1554, en 1560 elige la fe protestante influenciado por su madre, aunque en 1562, jura defender la fe católica, esta vez por influencia de su padre.

Ese mismo año, al morir su padre, vuelve a abrazar el camino de la Reforma. Al cumplir diecinueve años vuelve al catolicismo, pero sólo por dos años. En 1576 vuelve al protestantismo, fe que mantendrá por diecisiete años, mientras consolida su poder como rey de Navarra y cabeza del partido protestante. Cuando fallece Enrique III, él se encuentra como heredero natural al trono francés por el lado de los Capetos.

Como cabeza del poder protestante, ¿podía hacer de Francia un reino hugonote? De buscarlo, él sabe que pierde toda posibilidad de acceder al trono. Así, está presto a cambiar -otra vez- de fe a cambio de la corona de Francia, y de allí que pronuncie su famosa -y cínica- frase: "París bien vale una misa". Aunque siempre fue guiado por su ambición, es cierto que ese acto de traición religiosa era la única manera de unificar el desgarrado reino de Francia; gracias a la capitulación final por parte del más alto mandatario de una de las partes en pugna. A los treinta y cinco años, Enrique de Navarra abraza el catolicismo y se convierte en Enrique IV, rey de Francia y Navarra; abriendo el camino de la reconciliación entre católicos y protestantes.

"La suerte está echada"

Otra traición famosa de la historia fue la conjurada por Cayo Julio César; un auténtico "príncipe" bajo los estándares de Maquiavelo.

La historia arranca mucho antes; como siempre sucede. En un contubernio secreto, sube al poder el Primer Triunvirato Romano; una alianza no formal formada por Cneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Marco Licinio Craso; coalición que gobernaría Roma desde el 60 a. C. hasta el 53 a. C.

Pompeyo Magno era, bajo todos los estándares modernos, un verdadero populista. Famoso por su triunfo contra los piratas que se habían adueñado del Mediterráneo, se une a Craso, general victorioso contra la revuelta esclava liderada por Espartaco. Ambos recelaban uno del otro con enorme profundidad. Julio César, en ese momento, ni con tanto reconocimiento ni con tanto poder, pero dueño de una ambición incontenible, se ofrece a mediar entre ellos; terciando entre dos generales victoriosos cuya rivalidad era tan proverbial como el encono que se profesaban. La alianza funcionó por algún tiempo.

Luego Craso partiría a gobernar la provincia romana de Siria y perdería la vida en la batalla de Carrhae. Julio César marcharía a la Galia mientras Pompeyo se quedaba en Roma. La campaña de Julio César en la Galia fue tan brillante y arrolladora -y fuera del control de Senado-, que lo hizo muy popular entre el pueblo romano, pero inquietó sobremanera a la clase senatorial que sólo veía en él una amenaza a la República cada vez más grande.

El Senado presionó a Pompeyo para que le ordenara a Julio César a regresar a Roma sin su ejército. Julio César sabe que una vez que vuelva será juzgado y procesado por los delitos de los que lo acusan -con razón-; esto es, llevar a término guerras sin el permiso del Senado y haber reclutado más legiones de las que tenía permitidas.

 

Es famosa esta nueva “traición” de la historia; la de Julio César parado frente al Rubicón, río que marca la frontera entre Italia y la provincia cisalpina. 
Según Cicerón, Julio César solía decir con convicción y con frecuencia: “Si es necesario violar el derecho, que sea para reinar; de otro modo, respetad la justicia”. Es fácil imaginarlo sopesando el peso de la traición y sus consecuencias. 
El 14 de enero de 49 a.C., cruza el Rubicón con su ejército violando una de las leyes más sagradas de Roma arengando a sus tropas diciendo: “Vamos a donde nos convocan las señales de los dioses y la injusticia de nuestros enemigos. La suerte está echada”. Con esta traición, Julio César desata la segunda guerra civil y abre el camino al poder absoluto y a la dictadura.
Consigue el poder, pero no logra lidiar con las consecuencias imprevisibles de su acto de traición. Veintitrés puñaladas lo esperan a la salida de una sesión del Senado en los Idus de marzo; marcando el punto de inflexión del período de transición que llevaría a la República romana a convertirse en el Imperio romano. Veintitrés puñaladas llevadas a cabo por los mismos enemigos políticos y militares que habían sido perdonados y amnistiados por él luego de la guerra entre César y Pompeyo. Entre ellos, Bruto, hijo de su amante Servilia; a quien supuestamente le diría: “¿También tú, Bruto?”; lo cual se ha transformado hoy en día en una expresión común utilizada para expresar una traición inesperada.
Traición esperada o inesperada; justa o injusta; correcta o incorrecta; que desata consecuencias buenas o indeseadas. 
Quizás sea algo cierto que la traición es el motor de la historia, aunque sigo sin estar convencido que quede siempre justificada en pos del mero pragmatismo. Tendría que haber un ideal superior a todo lo que se traiciona que justifique y compense el acto de traicionar un principio o un valor.

 </SUBTITULO> Síntomas mórbidos por doquier

Antonio Gramsci dijo: “La crisis consiste, precisamente, en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: durante este interregno surgen síntomas mórbidos”. 
Hoy nos encontramos repletos de síntomas mórbidos. En la política, en la economía, en la justicia, en todos los estamentos sociales; en la cooptación de las instituciones públicas y de la sociedad de parte de la corrupción y de todos sus negocios y negociados.
Es tan grave la situación que estamos en un punto en el que Argentina merece una buena traición. No una pequeña y mezquina. No las traiciones cotidianas. No las motivadas por intereses individuales, partidarios o corporativistas. El país merece una traición mayúscula. Una traición soberana e histórica que derribe por siempre los dogmas centenarios y obsoletos que nos rigen. Que destrone a esos individuos y a esos poderes también centenarios y obsoletos que nos encadenan. 
Argentina está atrapada en infinitos bucles temporales que se abren y se cierran en cada una de estas traiciones pequeñas y serviles. No necesitamos más de esas traiciones propias de gente ontológicamente idiota; amorales que sólo buscan satisfacer sus bajos instintos y deseos más inconfesables. 
Necesitamos una traición auténtica; una de esas traiciones inauditas que cambien el curso de la historia. Una que nos arregle.

 “Alea iacta est”

Argentina acaba de presenciar la asunción de un nuevo príncipe tras un golpe palaciego que corrió del escenario a un miembro de otro triunvirato, uno de una infinita menor categoría al del triunvirato romano que mencionaba antes. Nuestro triunvirato no llega ni a la altura de las sandalias de los personajes históricos que nombré antes. Al menos ellos, todos, fueron geniales generales. Nuestro triunvirato, en cambio, es afín a uno conformado por un Nerón a lomo del caballo y cónsul Incitatus, junto a Calígula y Agripina.
El gobierno acaba de intervenir a su propio gobierno nominando un nuevo heredero. Y festeja el hecho como si fuera algo digno de celebración y no un luto masivo. El acto en el Museo del Bicentenario es más apropiado para una asunción presidencial que para una jura de un mero ministro. Y la fiesta, con tanta alegría, pompa y boato son más ajustados a un país próspero y exitoso que a un país en ruinas que se resquebraja por todos lados. Y además, la traición; claro.
La historia está abierta. Habrá que ver si esta traición que nace de la pequeñez y desde la ignominia se alinea con las sucesivas traiciones de Enrique el Bearnés, por ejemplo, y termina en la pacificación, unificación y reconciliación de un país desgarrado por una grieta inconmensurable; o si, en cambio, está alineada con la traición de Cayo Julio César; que termina por destruir a la República.
Como dijo Cayo Julio César: “Alea iacta est”. “La suerte está echada”.

 

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