¿Aprendices de brujo o bufones?

Las ciencias políticas son consideradas, por muchos, un fraude. Aunque busquen cubrirse de método para simular tener fundaciones sólidas y pretender validar predicciones son, en el mejor de los casos, historia en un extremo o economía en el otro. Y, en ambos casos deben lidiar con ideologías, lo opuesto a cualquier ciencia. Las ideologías son, además, una relación imaginaria y subjetiva que establecemos con el mundo real. Un marco de referencia -ficticio e ideal- con el cual buscamos reconciliar nuestra forma de ver las cosas con lo que sucede en el mundo perceptible. Cuanto mayor sea el realismo con el cual aprehendemos al mundo, ostentaremos una ideología más pragmática y flexible. Cuanto menor sea este realismo, la ideología será, de seguro, más dogmática e inflexible. En el extremo, cuanto menos realismo mostremos y más intentemos forzar los mecanismos de la realidad a la voluntad de nuestros deseos, más del lado de la locura iremos a quedar. No tener ideología es una forma terrible de vacío intelectual.

Así, es realmente extraño ver tantas figuras que se hacen pasar por personajes políticos, pero que carecen de ideología. Algunos se visten de ciencia, pero no tienen la menor profundidad ni son en nada superior a un curandero de barrio. Otros se visten de economistas y hacen afirmaciones grandilocuentes con modos facciosos, pero, cuando se analiza en serio lo que dicen, es fácil darse cuenta de que sus afirmaciones carecen de toda racionalidad.

Peor aún. En la mayoría de los casos, estos nuevos aprendices de brujos carecen de una historia política sólida y consecuente que los respalde, tanto como no tienen ni el menor atisbo de plan político ni económico factible hacia adelante. Sólo palabras vacías que apelan a emociones y que son recitadas a la medida de una audiencia que sólo abre sus oídos a lo que necesita oír.

Como afirmó el premio Nóbel de Literatura de 1932 John Galsworthy: "El idealismo se incrementa en proporción directa a la distancia de uno con el problema". La versión vernácula de esta misma idea es el conocido "Teorema de Baglini", el que podría ser resumido de la siguiente manera: "el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o de un dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder".

Todos podemos ver cuán conservador se ha vuelto, por ejemplo, el gobierno nacional y popular cuando las papas les comenzaron a quemar. Pero no son una excepción. Por el contrario, cualquier bufón se verá forzado a aceptar las reglas de juego de las economías racionales y de las sociedades normales una vez que acceden al poder. A menos, claro está, que no se trate de una sociedad normal.

Es cuando aparecen, entonces, estos aprendices de brujo sin varita mágica, sin brebajes y sin conciencia de lo que es hacer un hechizo. O para qué sirven. Algunos enarbolan, como todo plan la palabra "empatía" y se la rubrican en la frente. Otros asumen consignas libertarias como propias y se hacen llamar libertarios sin ser conscientes del terror que le tienen a la verdadera libertad. Otros enarbolan banderas de fingida moderación sin ver que el miedo sólo los conduce a la mediocridad y a la extinción. Otros ostentan un panquequismo oportunista como única virtud. Otros blanden una radicalización sanguinaria. Todas conductas en extremo peligrosas. Y todas conductas que muestran un vacío de ideas aterrador. Que sólo buscan el poder por el poder en sí mismo y no por la capacidad de hacer el bien o de transformar a la sociedad. Sólo buscan hacerse del poder. Y del dinero que trae el poder. Nada más.

Quizás estos nuevos aprendices de brujo deban aprender que, así como no es cierto que con el mantra de la palabra democracia se come, se educa o se crece y que con el Preámbulo de la Constitución no se logra nada de todo esto -como lo aprendió un político de raza y verdadero prócer de la democracia-; con palabras elusivas, consignas vacías y sin un plan; van a lograr infinitamente menos.

Si existe una distancia abisal entre el diseño de políticas públicas y la implementación de esas políticas; existe esa misma distancia entre la enunciación de todas estas palabras sueltas o estas consignas a veces peligrosas con el diseño de políticas creíbles, realizables y sustentables, y tras las cuales se pueda encolumnar a toda una sociedad.

No quiero recordar lo mal que discurre la película "El aprendiz de brujo". Quizás, con humildad, y con vocación de asimilar, todos estos señores deberían verla y aprender algo de ella. Argentina merece una visión y un plan y no palabras sueltas y promesas vacías que nunca llegarán a nada.

"Empatía" -en términos económicos y políticos- no significa nada. "Moderación" como toda bandera, tampoco. "Esperanza", menos. "Fe"; muchísimo menos aún. Con el voluntarismo no se llega ni a la vuelta de la esquina. Las palabras sueltas no hacen una idea. Tampoco sirven para articular una consigna. Mucho menos un plan. El vacío de ideas en manos de aprendices de brujo debería asustarnos. Y más debería asustarnos la adhesión de tanta gente a ese vacío de ideas.

Nunca en la historia mundial, emociones sin valores condujeron a los países a ningún lado bueno. Por el contrario, las mayores tragedias de la humanidad se llevaron a cabo por seguir ciegamente emociones peligrosas enunciadas por personas sin escrúpulos ni moral. ¿Aprenderemos a discernir lo posible de lo no posible? ¿Lo verdadero de lo falso? ¿Lo bueno de lo malo? ¿Lo moral de lo inmoral? ¿Un aprendiz de brujo de un bufón?

 

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